
Creo que una de las lecciones más importantes en todo este camino de autocuidado —que llevo años estudiando, practicando y compartiendo con ustedes— se resume en algo muy simple:
Saber qué está bajo mi control y RECORDARLO TODOS LOS DÍAS.
En teoría no es una idea nueva. La hemos leído en libros, la escuchamos en profesionales, la repetimos en conversaciones sobre bienestar. Pero entenderlo intelectualmente no significa vivirlo. La verdadera práctica está en recordarlo todos los días. En repetirlo. En aplicarlo cuando cuesta.
Porque la verdad es que mucho de lo que ocurre a nuestro alrededor está fuera de nuestro control. Siempre existirán personas, situaciones o contextos que nos incomoden, nos desafíen o nos desordenen. Lo que sí nos pertenece es la actitud con la que respondemos. Y ahí está la diferencia: en cómo lo enfrentamos, en cómo decidimos sentirnos, en cómo protegemos nuestra salud física, mental y espiritual.
Durante mucho tiempo sentí que era un ejemplo de Bienestar y quería compartirlo con ustedes para poner mi granito de arena en sus vidas.
Antes de ser mamá —y hablo desde mi experiencia, entendiendo que cada realidad es distinta— me resultaba relativamente sencillo vivir en equilibrio. Hacía deporte, comía saludable, tenía una vida social activa, disfrutaba mi trabajo independiente, compartía con mi pareja sin grandes tensiones. Todo parecía ordenado. Funcionaba y me gustaba.
Yo soy planificada, disciplinada y muy estructurada. En ese contexto, el bienestar era casi natural, en el mundo “ideal” y quizás “irreal”. Pero hoy me hago una pregunta honesta: ¿había verdadero equilibrio ahí… o simplemente era un escenario fácil para sostenerlo?
El verdadero crecimiento llegó con la maternidad. Ojo que no digo que todas deban ser mamá para crecer, cada una de nosotras nos podemos enfrentar a distintos desafíos.
Ahí entendí lo que realmente significa no tener el control. Horarios que cambian, planes que se cancelan, prioridades que se transforman, emociones intensas que no siempre sabía cómo gestionar. Y también momentos en los que sentía que perdía el control sobre mí misma, porque el bienestar de mi hijo parecía estar siempre por encima del mío.
Esa dualidad fue difícil. Me removió. Me desarmó muchas certezas.
Pero también fue el punto donde todo lo aprendido comenzó a cobrar sentido real.
Ahí entendí que no se trata de “hacerlo perfecto”.
Se trata de hacer lo mejor que puedo, con lo que tengo, en el momento en que estoy.
No es “hacer lo mejor” en términos absolutos.
Es hacer lo mejor que yo puedo.
Hoy mi realidad es distinta. Profesionalmente, físicamente, familiarmente. Los desafíos cambiaron. Yo cambié. Pero hay algo que practico todos los días: recordarme que soy más que lo que ocurre a mi alrededor.
Sin dejar de asumir responsabilidades.
Sin dejar de dar lo mejor de mí.
Pero entendiendo que mi paz no puede depender de que todo esté bajo control.
Hace muchos años leí Los cuatro acuerdos y con el tiempo entendí que no basta con leerlo una vez. Es un ejercicio constante. Una práctica diaria:
- No supongas.
- Honra tus palabras.
- No te tomes nada personal.
- Da lo mejor de ti.
Esos cuatro acuerdos sí están bajo mi control.
Y cada día me repito algo que hoy tiene un significado mucho más profundo:
Soy un mundo de posibilidades.
Posibilidades que se ven distintas ahora que soy mamá.
Posibilidades que no siempre se sienten ordenadas.
Pero posibilidades reales.
Nunca había crecido tanto.
Nunca había amado tanto.
Nunca había entendido mejor que el equilibrio no es tener todo bajo control…
Es saber elegir, una y otra vez, desde adentro.
Con amor,
Catalina.